
La ojos.
Terremótica y volcánica,
enigma con piernas,
tú, la ojos,
la que vino como el rayo,
de repente y sin enviar siquiera un telegrama,
la corre-corre-que-te-pillo,
la melena al viento,
la de al mismo tiempo que hago que lloro
también, y de paso,
me desternillo.
Tú, la meteórica, la polvareda, la chispa,
la “bailaora” por generación espontánea,
la “acelerá”,
la bomba “biberonuclear”
y la caricia de hierba.
A ti,
nadie te ha inventado.
Nadie te creado.
Nadie te dirige.
Nadie te puede influir.
Llegaste como llegaste, estallido de libertad,
y adáptese el mundo entero a la menda lerenda,
a la audaz,
a la “voy a hacerlo digas lo que digas”,
a la “hágase mi santísima voluntad”,
a la imprevisible, la cómica,
la tenaz,
la que se pone las paciencias por montera,
la guerrillera, la sindicalista, la ácrata,
la revolucionaria,
la de “a la mierda, las tiranías”,
la niña adosada a una vaca de trapo,
la caradura de mi hija pegada a un chupete,
la “acelerá”,
el hermoso rostro de un ángel pelirrojo con pañal.
Te amo así, irreverente, desprejuiciada,
corneando paredes, montando pollos
por placer,
derribando prejuicios,
desmontando radiadores, furiosa y plácida,
quirúrgica y brutal, insensible en el fondo,
menos mal,
a cualquier intento de ponerte cadenas,
a todo esfuerzo por hacerte “normal”.
No hay quien como tú.
No se conoce a quien se atreva a tanto:
a ser lo que es
le pese a quien le pese, y aún a pesar de sí misma,
sin control y sin medir consecuencia alguna,
genuina y transparente siempre,
y si me rompo la crisma, francamente,
a mí me da exactamente igual.
Nuestras comunes diferencias,
mi niña,
nuestros diarios desencuentros,
donde, armado de impaciencia, le pongo
inútiles diques al inmenso mar de tu alegría,
de tu curiosidad insaciable, de tu total desparpajo,
están llamados al necesario naufragio
cuando sea yo perro más viejo y, pese a ello,
menos cascarrabias, y tú,
ave libertaria,
la indomable, la inabarcable,
la que se pasa los “nos” por donde más le place,
seas un algo menos de ti,
mucho más que yo,
la osadía que yo no tengo, la valentía sin medida,
el torrente de amor que te ruge dentro,
la capacidad de moldear la realidad a la medida
de tus sueños, el don tuyo, bellísimo,
de atreverse a decir “basta”, de atreverse,
menuda eres tú,
a cambiar lo que hay.

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