jueves, 26 de febrero de 2009

Versos del pañal (5)




Mamá Pata.


Vives,

en el país de los biberones,

rodeada,

como una torre del homenaje

al don de amar,

de seres cuánticos,

exponencialmente acelerados,

imprevisibles y a paradójicos,

que están aquí y allá,

en un mismo instante,

reclamándote siempre,

gravitándote,

subatómicos y bulliciosos,

ordenadamente entrópicos,

caóticamente empáticos,

fila de patitos eléctricos que te sueñan,

que te siguen,

fieles e insobornables,

mamá pata,

hasta el final mismo del tiempo.


Vives,

en el planeta chupete,

cercada por trozos de ti,

por pedazos de tu alma

en expansión,

tu corazón en eclíptica,

la estrella de tu alma,

orbitada

por lunas crecientes,

mareas vivas,

relojes menguantes,

días que no acaban,

noches infinitas,

niños aéreos,

satélites con pañal.


Todo en ti es grande,

desproporcionado, gigantesco:

la palabra amable,

las nanas,

las explicaciones constantes,

la alegría, el pino-puente,

los malabares,

los talleres de magia,

los paseos por fantasía,

el abrazo y la misericordia,

la paciencia inmensurable,

tus besos

en eterno big-bang.


Pero también,

_ésa es tu singularidad_

todo en ti es de bolsillo,

diminuto e ínfimo:

el cinturón de cacas,

la constelación de pises,

la galaxia de llantos,

el agujero de gusano de los mocos,

materia oscura en verde,

ruido de fondo por las noches,

la nube de Magallanes

de tu amor,

mamá pata,

tú,

la que da la vida,

el ser más bello y generoso

que hizo Dios.



Versos del pañal (4)





“Bonani”.


Última por ser primera,
grande aún siendo pequeña,
paradoja que se columpia
en un parque de pestañas,
ojos líquidos y profundos,
marea siempre alta en tu pecho,
sirena y calamar.

Tú, la mayor,
la abrecaminos, la sensata,
la magnética y voltaica,
la lumínica que ignora que lo es,
la perfección eternamente perseguida,
la lapa pegada a sus hermanos,
la “bonani”,
la supuesta seria,
la presunta tibia,
la piernas de gamba,
inacabables,
como infinito es tu don de dar.

Tú, la que vive, parapetada,
en el laberinto de ti misma,
en un desván de juguetes rotos,
consciente, a tu manera,
de que el amor,
el que tú conoces,
está hecho a veces de distancias
que tu corazón no comprende,
que tu mente se niega a procesar,
que te duelen dentro.

Tú, la no queja
_ ¿para qué?_,
la niña que manda besos por el aire,
abrazos de chocolate y viento,
palabras invisibles, adjetivos voladores,
adverbios de tristeza,
sintagmas de luz,
nombres jamás comunes,
el verbo amar
pronunciado con tu boca de silencio,
mientras sueñas con islas,
donde nadie te aísle, a ti,
la “ya voy yo”,
tú,
la “pichiqui”,
la madre más que hermana,
la custodia de los chupetes
que te brotaron en el alma.

Eres tan mayor a veces,
tan grande tu necesidad de azul,
que, a menudo,
le pido a Dios
un velero mágico, una balsa de sueños,
para llevarte de regreso
a la costa de ti misma,
y una rosa de los vientos
para que siempre recuerdes
el camino a casa,
la playa
donde te amamos sin freno ni distancias,
sin que tú te dés cuenta,
mi pequeña niña grande,
“bonani”,
ángel del mar.


Versos del pañal (3)




Niño con h.



De una pizca de nube y de un algo de viento

tú emergiste, niño con h,

mudo al nacer para engatusar a todos,

bufón en la corte de los milagros cotidianos,

torrente irrefrenable de “palabros” después,

“quepeño” de corazón gigantesco,

querubín en un cuerpecillo de algodón,

señor de las travesuras con minúscula,

vasallo de doña imaginación.


Para ti, niño sin tiempo,

desertor del reloj,

dueño absoluto de tus horas,

dos y dos son diecisiete,

después sucedió ayer, mañana

no es nada, porque mañana

es hoy, aquí y ahora, ya,

¡inmediatamente!

Hoy es todo lo que hay.


Voraz como eres

_depredador de la alegría,

catedrático del bullicio,

banquero de la felicidad_,

que nadie te pida nunca lógicas,

que nadie espere jamás un porqué,

ni ecuaciones, ni trigonometría,

pues tú, niño con h,

apuestas por la metafísica de las cosas,

la alquimia de las almas “quepeñitas”

que se divierten en el jardín terrenal de Dios,

ése ser cachondo por antonomasia,

extraordinario,

que tu mano frenética y mágica

pinta con “acaruelas” femeninas,

con gastados rotuladores de luz.


Capitán de catorce mil mares

_puede que se me quede alguno

en el tintero inagotable de tu invención_,

navegas por la vida en una furgoneta azul,

la de tu corazón marino,

ejecutando la tristeza a punta de broma

y regalando tus sonrisas a raudales,

las rosas de cartulina

que te crecen en el corazón.


Explorador que busca su norte en una “múscula”,

que sacia su sed de aventuras en una “cantinflora”,

tú eres, a ratos tú mismo,

mayormente lo que sueñas,

intrépido caballero, capitán tan-tán,

amigo de dinosaurios y primo-hermano

de los monstruos,

paladín de Dios,

que combate oscuridades con plastilina

y convierte en ranas

a las princesas de cartón.


Saco inagotable de preguntas, curioso

hasta la desesperación, tú,

mi hijo,

mi razón de ser,

más que mi sangre,

eres hermoso hasta cuando la mala baba

que de mí has heredado,

te revuelve a ti las tripas y a mí el esternón

y acabamos los dos peleando

para acabar muriéndonos de la risa,

payaso yo completo y tú pequeño cómico,

tan iguales

y en el fondo tan distintos,

mi niño con h,

mi casi clon,

mi ángel lumínico que sueña sin rubor

con reinventar algún día la alegría

en otras vidas y en otras aventuras,

convertido, por deseo de tu alma infatigable,

en foca, en hormiga

o en ratón.



miércoles, 25 de febrero de 2009

Versos del pañal (2)







La ojos.


Terremótica y volcánica,
enigma con piernas,
tú, la ojos,
la que vino como el rayo,
de repente y sin enviar siquiera un telegrama,
la corre-corre-que-te-pillo,
la melena al viento,
la de al mismo tiempo que hago que lloro
también, y de paso,
me desternillo.
Tú, la meteórica, la polvareda, la chispa,
la “bailaora” por generación espontánea,
la “acelerá”,
la bomba “biberonuclear”
y la caricia de hierba.

A ti,
nadie te ha inventado.
Nadie te creado.
Nadie te dirige.
Nadie te puede influir.

Llegaste como llegaste, estallido de libertad,
y adáptese el mundo entero a la menda lerenda,
a la audaz,
a la “voy a hacerlo digas lo que digas”,
a la “hágase mi santísima voluntad”,
a la imprevisible, la cómica,
la tenaz,
la que se pone las paciencias por montera,
la guerrillera, la sindicalista, la ácrata,
la revolucionaria,
la de “a la mierda, las tiranías”,
la niña adosada a una vaca de trapo,
la caradura de mi hija pegada a un chupete,
la “acelerá”,
el hermoso rostro de un ángel pelirrojo con pañal.

Te amo así, irreverente, desprejuiciada,
corneando paredes, montando pollos
por placer,
derribando prejuicios,
desmontando radiadores, furiosa y plácida,
quirúrgica y brutal, insensible en el fondo,
menos mal,
a cualquier intento de ponerte cadenas,
a todo esfuerzo por hacerte “normal”.

No hay quien como tú.
No se conoce a quien se atreva a tanto:
a ser lo que es
le pese a quien le pese, y aún a pesar de sí misma,
sin control y sin medir consecuencia alguna,
genuina y transparente siempre,
y si me rompo la crisma, francamente,
a mí me da exactamente igual.

Nuestras comunes diferencias,
mi niña,
nuestros diarios desencuentros,
donde, armado de impaciencia, le pongo
inútiles diques al inmenso mar de tu alegría,
de tu curiosidad insaciable, de tu total desparpajo,
están llamados al necesario naufragio
cuando sea yo perro más viejo y, pese a ello,
menos cascarrabias, y tú,
ave libertaria,
la indomable, la inabarcable,
la que se pasa los “nos” por donde más le place,
seas un algo menos de ti,
mucho más que yo,
la osadía que yo no tengo, la valentía sin medida,
el torrente de amor que te ruge dentro,
la capacidad de moldear la realidad a la medida
de tus sueños, el don tuyo, bellísimo,
de atreverse a decir “basta”, de atreverse,
menuda eres tú,
a cambiar lo que hay.



Poemas del pañal (1)




Lilliput.


Reina en tu trona,
inesperada emperatriz en calma,
su serenísima majestad,
Buda feliz en miniatura,
traes bajo el brazo
un mensaje de paz y de silencio,
el pan de la tranquilidad,
tres kilos largos de esperanza,
cuarto y mitad de biberones,
y una tonelada de luz.

Una sola de tus sonrisas,
apenas media carcajada,
bastan
para llenar los espacios todos,
de las almas los rincones más oscuros,
el universo entero
con tu magia transparente,
para pintar en tu entorno
la forma más pura de felicidad.

En tu nombre
podría Dios crear, si quisiera,
una oración microscópica,
un “aveÍria’’ chiquitín,
para bendecirte a ti entre todas mujeres,
la llena de toda gracia,
por blanca, por bondadosa,
por inmaculada,
porque le da la divina gana,
y porque sí.

Y podría yo,
espejo de los caminos que no debes seguir,
ser mejor que yo mismo
e inventarte
un poema incapaz de resumirte,
versos toscos que no dicen de ti,
pues es,
con palabras de este mundo,
imposible explicar
tu milagro y tu paradoja,
mi pulguita feliz.

Nos haces pequeños sin querer,
princesa en Lilliput,
tan enorme es, tan inmensa,
la risa limpia
que a todas horas germina
en el jardín tierno de tus labios.

Gracias.
Eternamente gracias.

Las flores de tu boca,
la luna en tus ojos,
nos recuerdan,
ese regalo que nos traes,
memoria de lo que algún día fuimos…
Incontaminados.
Extraordinarios.
Maravillosos.
Celestes.
Tú.


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