Mamá Pata.
Vives,
en el país de los biberones,
rodeada,
como una torre del homenaje
al don de amar,
de seres cuánticos,
exponencialmente acelerados,
imprevisibles y a paradójicos,
que están aquí y allá,
en un mismo instante,
reclamándote siempre,
gravitándote,
subatómicos y bulliciosos,
ordenadamente entrópicos,
caóticamente empáticos,
fila de patitos eléctricos que te sueñan,
que te siguen,
fieles e insobornables,
mamá pata,
hasta el final mismo del tiempo.
Vives,
en el planeta chupete,
cercada por trozos de ti,
por pedazos de tu alma
en expansión,
tu corazón en eclíptica,
la estrella de tu alma,
orbitada
por lunas crecientes,
mareas vivas,
relojes menguantes,
días que no acaban,
noches infinitas,
niños aéreos,
satélites con pañal.
Todo en ti es grande,
desproporcionado, gigantesco:
la palabra amable,
las nanas,
las explicaciones constantes,
la alegría, el pino-puente,
los malabares,
los talleres de magia,
los paseos por fantasía,
el abrazo y la misericordia,
la paciencia inmensurable,
tus besos
en eterno big-bang.
Pero también,
_ésa es tu singularidad_
todo en ti es de bolsillo,
diminuto e ínfimo:
el cinturón de cacas,
la constelación de pises,
la galaxia de llantos,
el agujero de gusano de los mocos,
materia oscura en verde,
ruido de fondo por las noches,
la nube de Magallanes
de tu amor,
mamá pata,
tú,
la que da la vida,
el ser más bello y generoso
que hizo Dios.





